diciembre 22, 2009

John Keats





Al ver los mármoles de Elgin



Mi alma es demasiado débil; sobre ella pesa,
como un sueño inconcluso, la espera de la muerte
y cada circunstancia u objeto es una suerte
de decreto divino que anuncia que soy presa

de mi fin, como un águila herida mira al cielo.
Pero es un delicado murmullo este lamento
por no tener conmigo una nube, acaso un viento
que hasta abrir su ojo el alba me dé tibio consuelo.

Estas borrosas glorias que imagina la mente
prestan al corazón un territorio escondido
y un extraño dolor cuyo prodigio silente

mezcla la helénica grandeza con el sonido
del Tiempo ya pasado o de un mar inclemente,
con el solo la sombra de un ser desconocido.



***




Lo hermoso es alegría para siempre:
su encanto se acrecienta y nunca vuelve
a la nada, nos guarda un silencioso
refugio inexpugnable y un reposo
lleno de alientos, sueños, apetitos.
Por eso cada día nos ceñimos
guirnaldas que nos unan a la tierra,
pese a nuestro desánimo y la ausencia
de almas nobles, al día oscurecido,
a todos los impávidos caminos
que recorremos; cierto, pese a esto,
alguna forma hermosa quita el velo
de nuestro temple oscuro: talla luna,
el sol, los árboles que dan penumbra
al ganado, o tales los narcisos
con su universo húmedo o los ríos
que construyen su fresco entablamento
contra el ardiente estío; o el helecho
rociado con aroma de las rosas.

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diciembre 09, 2009

Cuatro poemas de Walt Whitman




5

Poetas, filósofos, sacerdotes,
Martires, artistas, inventores muertos, gobiernos remotos,
Creadores de idiomas en otras costas,
Naciones en otro tiempo poderosas, hoy venidas a menos, desaparecidas
   o abandonadas,
No me atrevo a proseguir hasta que no haya reconocido el mérito de lo
   que habéis lanzado hacia acá,
Lo he examinado, confieso que es admirable (ando un rato en medio de ello),
Creo que nada podrá ser más grande, nada podrá merecer más de lo
   que esto merece,
Lo observo atentamente algún tiempo; luego, desechándolo,
Me yergo aquí en mi puesto con mi propio día.

Aquí la tierra femenina y la tierra masculina,
Aquí el patrimonio masculino y el patrimonio femenino del mundo, aquí
   la llama de los elementos,
Aquí la espiritualidad traductora, lo abiertamente reconocido,
Lo siempre solícito, el final de las formas visibles,
Lo que satisface y avanza después de la larga espera inevitable:
Sí, ya viene mi amante, el alma.


8

¿Qué haces, joven?
¿Estás tan entusiasta, tan entregado a la literatura, ciencia, arte, amores?
¿A estas realidades ostensibles, a la política?
¿A tu ambición o negocio, cualquiera que éste sea?
Está bien -contra los tales no digo ni una palabra, soy también su poeta.
Pero he aquí que ellos se hunden rápidamente, consumidos por la religión,
Porque no toda materia es combustible para caldear, con llama
   impalpable, la vida esencial de la tierra,
Así como los tales no lo son para la religión.


9

¿Qué buscas, tan pensativo y silencioso?
¿Qué necesitas, camarada?
Hijo mío, ¿crees que es el amor?

Escucha, hijo mío -escucha, América, hija o hijo,
Es cosas dolorosa amar a un hombre o a una mujer con exceso y, no
   obstante, eso satisface, eso es magnífico,
Pero hay algo más que es muy grande, que hace que coincida el todo,
Magnífico, más allá de la materia, con manos ágiles pasa y cuida de
   todos.


13

¿Quería alguno ver el alma?
Ve tu forma y tu rostro, las personas, sustancias, animales, árboles, los
   ríos que corren, las rocas y las arenas.

Todos encierran en sí alegrías espirituales de las que luego se deshacen;

¿Cómo es posible que el cuerpo verdadero muera y sea enterrado?

Tu cuerpo verdadero y el cuerpo verdadero de cualquier hombre o de
   cualquier mujer,
Se evadirá, parte por parte, de las manos de los limpiadores de cadáveres
   y escapará hacia su esfera propia,
Llevándose lo que se ha acumulado en él desde el momento del
   nacimiento hasta el momento de la muerte.
Los tipos parados por el tipógrafo no devuelven su impresión, el
   significado, lo más importante,
Así como la sustancia y la vida de un hombre, o la sustancia o la vida
   de una mujer, no son devueltas en el cuerpo y en el alma,
Indiferentes antes de la muerte y después de la muerte.

He aquí que el cuerpo es el significado y lo más importante y los
   encierra en sí, y es el alma y la encierra en sí;
Quienquiera que seas, ¡qué soberbio y divino es tu cuerpo, o cualquier
   parte suya!



De 'Al partir de Paumanok.' Traducción de Francisco Alexander.

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mayo 22, 2009

Pedro Prado, de 'Los Pájaros Errantes'





MI CANTO


No sé lo que voi a decir. Ignoro lo que voi a cantar.
Mi voz aun está en el fondo de mi mismo.
Sonrio como una madre que siente a su hijo ajitarse en las entrañas.
Al igual que ella, yo no sé si mi canto será rudo como un hombre o tierno como una mujer.
No lo sé; pero estoi cierto de que vive i se nutre silenciosamente.
No lo sé; pero sonrio imaginando su belleza.
Cuando él nazca, yo también estaré entre la vida i la muerte.
I cuando él pueda valerse por sí solo i lleguen mis amigos, yo lo presentaré
orgulloso y embelesado.
I el cantará con su voz pura i juvenil.
Mis amigos sonreirán indiferentes y yo no diré nada, nada...
Sólo sufriré, porque sus palabras, como aves perseguidas, buscarán mis oídos con insistencia.
Sólo sufriré, porque mi canto no tiene cabellos que poder acariciar, ni ojos que poder besar,
ni cuerpo que protejer entre mis brazos tristes i paternales.



EL RUMBO


Cuando las estrellas aparecen tímidas en el cielo morado del crepúsculo, surjen puros i melancólicos pensamientos como nacientes reflejos encendidos por los astros en aguas tranquilas.
Los primeros murciélagos, que salen de los tejados ruinosos, se mezclan a las últimas golondrinas que buscan el abrigo de los aleros; i las ájiles y absorbentes preocupaciones del día se encuentran con las calladas meditaciones nocturnas.
En el comienzo de esta noche de Noviembre, llena con los cantos de los grillos i con mis inquietudes, veo crecer los astros.
I veo crecer los astros, mientras recuerdo el pájaro que hoi ví caer a los disparos de un cazador.
Volaba el ave tranquilamente, cuando vino el segundo en que toda la maravilla de su vuelo i de suvida se interrumpió para siempre.
Pero aun en tierra conservaba sus alas estendidas.
Pensando en ello, ya sé que habrá una cosa que no finiquitaré, existe una esperanza que no veré cumplida, moriré dejando algo iniciado.
Mas mi forzado i violento reposo seguirá indicando un rumbo, a semejanza del que conservan las alas estendidas de los pájaros muertos en su vuelo.



LA LUNA


El barco se mecía en el mar como una cabeza que reposa en el seno de una buena mujer.
El cielo estaba lleno de las primeras estrellas i su mano dormía al abrigo de mis manos.
No hacíamos ningún movimiento, ni proferíamos una sóla palabra, pero yo la acariciaba con mi quietud.
Sin mirarla veía que su hermosura acrecentaba la pureza del aire.
Como un vaso lleno de vino nuevo que fermenta, una alegría silenciosa desbordaba mi corazón al igual de la espuma que desciende i corre sin ruido.
Surjía la luna hecha un milagro del mar, i su reflejo, cada vez mayor i más espléndido, semejaba un cardúmen de peces de oro en busca de un alimento maravilloso.
Al ver la luna ella oprimió mi mano.
Buscamos ayuda para afrontar el peligro o aumentar el disfrute de la belleza.
-La luna nos sigue-, dijo su voz.
I en verdad que la luna parecía unirse a nuestra marcha i seguir el mismo rumbo que nuestro barco.
-Los buques que ahora cruzan el mar ven cómo la luna huye con nosotros.
-Tú sabes, le dije, -que todo es una ilusión, pero me siento feliz de que tu injenua fantasía me regale con un sueño absurdo y hermoso.
-Si, la luna nos sigue, oh! mi bien amada; la luna va a donde nosotros vayamos, i hasta el reguero que vuelca sobre el mar, va en pos de nosotros como la blanca estela que sigue a la popa del barco.
-Mas nuestros ojos no despojan a otros de la luna; nuestro viaje, que la arrastra consigo, la lleva i la deja a un mismo tiempo.
-La luna, oh! mi bien amada, como tantas otras cosas lejanas i grandes, se presenta ante nos, como hecha a nuestra breve medida.
-Ella parece, en la copa del cielo, una fruta dorada, i cada cual la cree suya porque la imajina ligada a sus andanzas.
-Y en tanto la luna, oh!, mi bien amada, es el conjunto de todas esas ilusiones parciales.
-No es sólo un camino de luz el que la luna traza en el mar.
-Si nos eleváramos a gran altura, tú verías que ni todo el mar es capaz de contener su reflejo; él tambien cae sobre los valles i sobre las montañas, sobre el aire i mas allá de la tierra i de toda cosa que pueda acusar que la luz pasa, porque ella surje i se ilumina.



EL PAJARO MUERTO


Bajo las ramas de unas vides silvestres, dos niños pequeños encontraron un pájaro muerto que ya perdía el lustre y los azules cambiantes de su negro plumaje.
El niño lo vió el primero; pero fue la mujercita quien lo tomó entre sus brazos i lo adoptó como hijo querido.
Ella no permitía que su hermano curioseara en el pájaro muerto, i hacia jestos que indicaban cuánto se preocupaba de no turbar su sueño.
Cada hora, de los días que siguieron, trajo i ofreció un interes distinto al espíritu veleidoso del niño; sólo la madrecita fué fiel a su constante i único amor.
Llegaba la noche i la luna la sorprendía arrullando a su hijo con canciones sin sentido, mui semejantes a las canciones de los pájaros.
Cantaba un medio día, sentada en el quicio de su puerta, bajo las movibles sombras de las madreselvas.
Un olor malo i molesto turbaba su voz; pero luego su acento volaba alegremente, como el humo de las fogatas campesinas.
El olor malo persistía. La madrecita quedó pálida i silenciosa cuando, entreabriendo las ropas que cubrían a su hijo, vió que, por el cuerpecillo del pájaro muerto, andaban los gusanos.
Arrodillada lloraba su asombro; el hermano acudió a los lamentos de la hermana.
Turbado ante el pequeño pájaro que desaparecía, el niño tomó a la madrecita de la mano i la llevó lejos.
I como si él supiese algo, confuso pero lleno de vanidad, trató inútilmente de esplicar lo que ninguno de ellos comprendía.

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enero 24, 2009

Dos poemas de Wallace Stevens







Metaphor as degeneration.


If there is a man white as marble
Sits in a wood, in the greenest part,
Brooding sounds of the images of death,

So there is a man in black space
Sits in nothing that we know,
Brooding sounds of river noises;

And these images, these reverberations,
And others, make certain how being
Includes death and the imagination.

The marble man remains himself in space.
The man in the black wood descends unchanged.
It is certain that the river

Is not Swatara. The swearthy water
That flows round the earth and through the skies,
Twisting among the universal spaces,

Is not Swatara. It is being.
That is the flock-flecked river, the water,
The blown sheen -or is it air?

How, then, is metaphor degeneration,
When Swatara becomes this undulant river
And the river becomes the landless, waterless ocean?

Here the black violets grow down to its banks
And the memorial mosses hang their green
Upon it, as it flows ahead.



Metáfora como degeneración.


Si existe un hombre blanco como el mármol
Se sienta en un bosque, en la parte más verde,
Pensando sonidos de imágenes de muerte,

Hay, pues, un hombre en un espacio negro
No se sienta en nada de lo que conocemos,
Pensando en los sonidos de los ruidos fluviales;

Y estas imágenes, estas reverberaciones,
Y otras, vuelven cierto hasta qué punto ser
Incluye a la muerte y a la imaginación.

El hombre marmóreo permanece en el espacio.
El hombre en el bosque negro desciende
Sin cambios. Es cierto que el río

No es Swatara. El agua morena
Que fluye en torno a la tierra y a través de los cielos,
Girando entre los espacios universales,

No es Swatara. Es el ser.
Es el río salpicado de rebaños, el agua,
El lustre hinchado - ¿o es el aire?

¿Cómo, pues, es degeneración la metáfora,
Cuando Swatara se convierte en este río ondulante
Y el río se convierte en el océano sin tierra y sin agua?

Aquí las violetas negras crecen hacia abajo, hacia sus orillas
Y los musgos conmemorativos cuelgan su verdor
Sobre él, mientras él fluye hacia adelante.




Final soliloquy of the interior paramour.


Light the first light of evening, as in a room
In which we rest and, for small reason, think
The world imagined is the ultimate good.

This is, therefore, the intensest rendezvous.
It is in that thought that we collect ourselves,
Out of all the indifferences, into one thing:

Within a single thing, a single shawl
Wrapped tightly round us, since we are poor, a warmth,
A light, a power, the miraculous influence.

Here, now, we forget each other and ourselves.
We feel the obscurity of an order, a whole,
A knowledge, that which arranged the rendezvous.

Within its vital boundary, in the mind.
We say God and the imagination are one...
How high that highest candle lights the dark.

Out of this same light, out of the central mind,
We make a dwelling in the evening air,
In which being there together is enough.



Soliloquio final del amante interior.


Enciende la primera luz del atardecer, como en un cuarto
En el que reposamos y, por una razón fútil,
Pensamos que el mundo imaginado es el bien esencial.

Ésta es, por tanto, la cita más intensa.
Con esta idea nos reunimos, prescindiendo
De toda indiferencia, en una sola cosa:

Dentro de una sola cosa, un solo chal
Rodeándonos fuerte, pues somos pobres, un calor,
Una luz, un poder, la influencia milagrosa.

Ahora, aquí, nos olvidamos el uno del otro y de nosotros mismos.
Sentimos la oscuridad de un orden, una totalidad,
Un saber que organizó la cita.

Dentro de sus lindes vitales, en la mente.
Decimos: Dios y la imaginación son una misma cosa...
Cuán arriba la candela más alta ilumina lo oscuro.

De esa misma luz, de esta mente central,
Hacemos una morada en el aire del atardecer,
En la que estar allí, juntos, es suficiente.




En, 'Las auroras de Otoño y otros poemas', Visor, Madrid, 1993. Traducciones de Jenaro Talens.

Vínculos: El hombre de la guitarra azul. (poema)
Modern american poetry. (lecturas)

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noviembre 16, 2007

Oscar Wladislas de Lubicz Milosz. - El Cántico del Conocimiento.

Oscar Wladislas de Lubicz Milosz.

El Cántico del Conocimiento.

(De ‘La Confesión de Lemuel’, 1922)[1].

La enseñanza de la hora soleada de las noches del Divino.

Para aquellos que, habiendo pedido, recibieron y saben ya.

Para aquellos a quienes la plegaria condujo a la meditación sobre el origen del lenguaje.

Los otros, los ladrones de dolor y de dicha, de ciencia y de amor, nada comprenderán de
estas cosas.

Para entenderlas, es preciso conocer los objetos designados por ciertos vocablos esenciales
tales como pan, sal, sangre, sol, tierra, agua, luz, tinieblas, así como por todos los nombres de los metales.

Por cuanto estos nombres no son ni los hermanos, ni los hijos, sino los padres de los objetos
sensibles.

Con estos objetos y el principio de su substancia, ellos fueron precipitados desde el mundo
inmóvil de los arquetipos al abismo tormentoso del tiempo.

Solamente el espíritu de las cosas tiene un nombre. La substancia de los mismos no ha
recibido nombre todavía.

El poder de nombrar objetos sensibles y absolutamente impenetrables al ser espiritual
nos viene del conocimiento de los arquetipos que, siendo de la naturaleza de nuestro
espíritu, están como él situados en la conciencia del huevo solar.

Todo cuanto se describe por medio de las antiguas metáforas existe en un lugar situado; el
único lugar situado de todos los lugares del infinito.

Esas metáforas que todavía hoy el lenguaje nos impone desde el momento en que
interrogamos el misterio de nuestro espíritu,
constituyen vestigios del lenguaje puro de los tiempos de fidelidad y de conocimiento.

Los poetas de Dios veían el mundo de los arquetipos y lo describían piadosamente por
medio de términos precisos y luminosos del lenguaje del conocimiento.

La decadencia de la fe manifiéstase en el mundo de la ciencia y el arte por un
oscurecimiento del lenguaje.

Los poetas de la naturaleza cantan la belleza imperfecta del mundo sensible conforme a una
antigua modulación sagrada.

Heridos sin embargo por la discordancia secreta que guardan el modo de expresión y el
sujeto, e impotentes para elevarse hasta el único lugar situado, -entiéndase por ello Patmos,
tierra de la visión de los arquetipos-,
imaginaron, en la noche de su ignorancia, un mundo intermedio, flotador y estéril: el
mundo de los símbolos.

Todos los vocablos cuyo conjunto mágico ha formado este canto, son nombres de
substancias visibles,
que el autor, por la gracia del Amor, ha contemplado en los dos mundos de la beatitud y de la desolación.

Yo no me dirijo sino a los espíritus que reconocieron la plegaria como el primero entre
todos los deberes del hombre.

Las más altas virtudes, la caridad, la castidad, el sacrificio, la ciencia y el amor mismo del Padre,
únicamente contarán para aquellos que, por su propio impulso, reconocieron la necesidad absoluta de la humillación en la plegaria.

Yo no diré, sin embargo, del arcano del lenguaje, sino lo que la infamia y la demencia de
este tiempo me permite revelar.

Puedo cantar ahora libremente el cántico de la hora soleada de las noches de Dios
y, proclamando la sabiduría de los dos mundos que fueron abiertos a mi vista,
hablar, conforme a la medida impuesta por el compañero de servicio,
del conocimiento perdido del oro y de la sangre.

Yo he visto. Y quien ha visto, cesa de pensar y de sentir. Sólo sabe describir aquello que ha visto.

He ahí la clave del mundo de la luz. De la magia de los vocablos que aquí yo reúno,
el oro del mundo perceptible extrae su secreto valor.

Porque no son sus virtudes físicas las que lo hicieron rey de los espíritus.

La verdad es aquello en relación a lo cual lo Ilimitado está situado.

Mas la verdad no se opone al lenguaje sagrado: por cuanto ella también constituye el sol visible del mundo substancial, del universo inmóvil.

De este sol, el oro terrestre extrae su substancia y su color; el hombre, la luz de su conocimiento.

El lenguaje reencontrado de la verdad, nada nuevo tiene que ofrecer. Solamente despierta el recuerdo en la memoria del hombre que ora.

¿Sientes tú acaso despertarse en ti el más antiguo de tus recuerdos?

Yo aquí te revelo los orígenes sagrados de tu amor por el oro.

La locura sopló siete veces sobre el candelabro de oro del conocimiento.

Los vocablos del lenguaje de los Aaronitas son profanados por los niños mentirosos y los poetas ignorantes.

Y el oro del candelabro, asido por las tinieblas de la ignorancia se ha tornado el padre de la
negación, del robo, del adulterio y de la destrucción.
Esta es la clave de los dos mundos de la luz y de las tinieblas. ¡Oh, compañero de servicio!

Por el amor de esta hora soleada de nuestras noches,
por la seguridad de este secreto entre tú y yo,
sóplame la palabra envuelta en sol, la palabra grávida de cólera de este peligroso tiempo.

¡Te he nombrado! Hete ahí en el rayo precursor, en el seno de la nube cuajada, mudo como el plomo,
en el brinco y el soplo de la masa de fuego,
en la aparición del espíritu virginal del oro,
en el tránsito del óvalo a la esfera,
en la pausa maravillosa y en el santo descendimiento, cuando miras al hombre de hito en hito,
en la inmovilidad del nublado infinito, en la inmovilidad de una sola plegaria, obra de los orfebres del Reino,
en el retorno a la desolación vinculada con el Tiempo,
en el cuchicheo de compasión que la acompaña।

Pero la clave de oro de la santa ciencia ha permanecido en mi corazón.

Ella me abrirá todavía el mundo de luz. Trepar gradualmente hasta sentirse penetrado por la materia misma del espacio puro,
no es ya conocer sino registrar todavía fenómenos de manifestación.

El camino que conduce de lo poco a lo mucho no es el de la santa ciencia.

Acabo de describir la ascensión hacia el conocimiento. Es preciso elevarse ahora hasta ese lugar solar
en donde uno vuélvese, por la omnipotencia de la afirmación, -¿qué?- eso mismo que uno afirma.

Es así como los mil cuerpos del espíritu se revelan a los virtuosos sentidos.

¡Ascender primero -¡sacrílegamente!- hasta la más demente de las afirmaciones!

Y luego descender, de escalón en escalón, sin lamento, sin lágrimas, con una confianza dichosa, con una real paciencia,
hasta ese lodo donde todo está ya contenido con una evidencia tan terrible y por una necesidad tan santa! ¡Por una necesidad santa, santa, verdaderamente santa! ¡Aleluya!

¿Y quién habla aquí de sorpresa? Hay una sorpresa todavía en la inesperada aparición –a través de las sombras de una puerta de antigua ciudad-
de una lejanía de mar con su santa luz y sus vecinas dichosas.

Pero en el nacimiento de un nuevo sentido, de un sentido que servirá al espíritu de la ciencia verdadera, de la ciencia amorosa, ya no existen sorpresas.

Es costumbre, en nuestras alturas, acoger a toda novedad como a una esposa reencontrada después del tiempo y para siempre.

Así me fue revelada la relación del huevo solar con el alma del oro terrestre.

Y esta es la plegaria eficaz en la que debe abismarse el operador:

Sustenta en mí el amor por ese metal que colora tu mirada, el conocimiento de ese oro que es un espejo del mundo de los arquetipos,
a fin de que emplee sin medida todo mi corazón en ese juego solar de la afirmación y del sacrificio.

Recíbeme en esta luz arcangélica que dormita miles de años en el trigo funerario y en él sustenta el fuego escondido de la vída.

Porque el trigo de las antiguas tumbas, volcado en el surco, ilumínase con su propia caridad, como un corazón.

Y no es el sol mortal el que da a la cosecha su color invariable de sabiduría.

Tal es la clave del mundo de la luz. Para aquel que la maneja con mano piadosa y firme, ella abre también –la otra región.

He visitado los dos mundos. El amor condújome hasta lo más profundo del ser.

Llevé sobre mi pecho el peso de la noche; mi frente destiló un sudor de muro.

Giré en torno a la rueda de pavor de los que parten y regresan. Sólo queda ahora de mí, en muchas partes, un aro de oro caído sobre un puñado de polvo.

Exploré a tientas los laberintos horrendos del mundo del furor y, bajo las grandes aguas, dormitan mis patrias extrañas.

Permanecía mudo. Aguardaba a que la locura de mi rey me apresara en la garganta. Tu mano -¡oh mi rey!- está sobre mi garganta. Esta es la señal. Y éste el instante. Yo hablaré.

Tú me has hecho nacer en un mundo que ya no te reconoce; sobre un planeta de hierro y de arcilla, desnudo y frío.

En medio de un hervidero de ladrones abismados en la contemplación de su propio sexo.

De ahí que la hediondez de la matanza suceda la incensación imbécil de los engañadores de pueblos.

Y sin embargo, hijo del lodo y de la ceguera, yo no tengo vocablos para describir
los precipicios de iniquidad de este otro Todo, de este otro Ilimitado
creado por tu propia omnipotencia de negación.

Este lugar apartado, diferente, horroroso, este inmenso cerebro delirante de Lucifer
donde he sufrido durante la eternidad la prueba de la multiplicación de los grandes fulgurantes y la de los sistemas desiertos.

El más atroz de ellos estaba en el cenit y yo lo veía como desde un precipicio de sol negro.

¡Ah sacrílego infinito cerca del cual el santo cosmos desenvuelto ante nuestro mundo infimo
es como un cuadrado de escarcha iluminado para la Natividad y pronto a derretirse al menor soplo del Niño!

Porque tú eres Aquel que es. Y sin embargo, tú estás por encima de ti mismo y de esa necesidad absoluta en virtud de la cual eres.

He ahí por qué, Afirmador, la total negación es en ti: libertad de orar o de no orar. He ahí también por qué haces pasar a los afirmadores por las grandes pruebas de la negación.

Porque me has arrojado al calor más negro de esta eternidad de espanto donde uno se siente asido
de la mandíbula por el arpón de fuego, y suspendido en la locura del vacío perfecto,
en esa eternidad donde las tinieblas son la ausencia del otro sol, la extinción de la jovial elipse de oro;
donde las luces son furor. Donde toda cosa es médula de iniquidad.

Donde la operación del pensamiento es única y sin fin, partiendo de la duda para concluir en la nada.

Donde uno no es solitario sino soledad, ni abandonado sino abandono, ni condenado sino condenación.

Yo fuí viajero en estas tierras de nocturno movimiento,
donde, solos en medio de las cosas físicas,
el amor furioso y la lepra del rostro bañan sus malditas raíces.

Y he medido en ellas, gusano ciego, las sinuosidades de una línea de tu mano. Este país de la noche, denso como la piedra,
este mundo de la otra estrella del amanecer, del otro hijo, del otro príncipe, era tu mano cerrada. Y esta mano se abrió y heme aquí en la luz.

Es precioso haberlo visto a Él, al Otro, para comprender por qué está escrito que viene como el ladrón. Está más lejos que el grito del nacimiento; apenas si es, no es ya. Como en el espacio de un grano de arena, así está cabalmente en ti, él, el otro, el príncipe sentado en silencio, en la ceguera eterna.

Tú, en el huevo solar, tú, inmenso, inocente, te conoces. Pero los dos infinitos de tu afirmación y de tu negación no se conocen, no se conocerán jamás, por cuanto la eternidad no es más que la huída del uno delante del otro.

Y toda la horrible, la mortal melancolía del espacio y del tiempo, no es más que la distancia que media entre un sí y un no, y la medida de su separación irremediable.

Esta es la clave del mundo de las tinieblas.

El hombre en quien este canto ha despertado, no ya un pensamiento, no ya una emoción, sino un recuerdo, y un recuerdo muy antiguo, buscará, de ahora en adelante, el amor con el amor.

Porque amar es esto, porque amor es esto: cuando con amor se busca el amor.

Yo he buscado como la mujer estéril, con angustia, con furor. Y he encontrado. Pero ¿qué? Pero ¿a quién? Al dominador, al poseedor, al dispensador de las dos lepras.

Y he regresado, a fin de comunicar mi conocimiento. Mas, desdichado de aquel que parte y no regresa.

Y no me compadezcas por haber estado allí y por haber visto. No llores sobre mí:
anegado en la beatitud de la ascensión, deslumbrado por el huevo solar, precipitado en la demencia de la negra eternidad vecina, con los miembros ligado por el alga de las tinieblas, estoy siempre en el mismo lugar, encontrándome en el propio lugar, el único situado.

Aprende de mí que toda enfermedad es una confesión por el cuerpo.

El verdadero mal es un mal escondido, mas cuando el cuerpo se ha confesado, poco es lo que se precisa para inducir a sumisión al espíritu mismo, al preparador de los venenos secretos.

Como todas las enfermedades del cuerpo, la lepra presagia, pues, el fin de un cautiverio del espíritu.

El espíritu y el cuerpo luchan cuarenta años; ésta es la famosa edad crítica de la cual habla su desdichada ciencia la mujer estéril.

¿Que el mal abrió una puerta en tu semblante? El mensajero de paz, Melquisedec, entrará por esa puerta y ella volverá a cerrase sobre él y sobre su bello manto de lágrimas. Pero repite conmigo: Pater Noster.

Ve cómo el Padre de los Ancianos, de aquellos que hablaban el lenguaje puro, ha jugado conmigo como un padre con su hijo. Nosotros, solamente nosotros, que somos sus nietos, conocemos ese juego sagrado, esa danza sagrada, ese flotar dichoso entre la peor oscuridad y la mejor luz.

Es preciso prosternarse lleno de dudas, y orar. Yo me condolía de no conocerlo; una piedra donde él cabía integramente me ha caído en la mano, y he recibido al propio instante la corona de luz.

Y mírame cómo, rodeado de emboscadas, no temo ya a nada.

Desde las tinieblas de la concepción a las de la muerte, una sarta de catacumbas corre entre mis dedos en la vida oscura.

Y sin embargo, ¿qué era yo? Un gusano de cloaca, ciego y craso, con una aguda cola. Eso era yo. Un hombre creado por Dios y rebelado contra su creador.

“Cualesquiera que sean la excelencia y la belleza, no habrá porvenir que iguale en perfección al no-ser.” Tal era mi certidumbre única, tal mi pensamiento secreto: pobre, pobrísimo pensamiento de mujer estéril.

Como todos los poetas de la naturaleza, yo estaba sumido en una profunda ignorancia. Porque creía amar las bellas flores, las hermosas lejanías y aun los bello rostros, por su belleza solamente.

Interrogaba los ojos y el rostro de los ciegos: como todos los cortesanos de la sensualidad, yo estaba amenazado de ceguera física. Esto es también una enseñanza de la hora soleada de las noches del Divino.

Hasta el día en que, advirtiéndome detenido frente a un espejo, miré detrás de mí. La fuente de las luces y de las formas estaba allí, el mundo de los profundos, sabios, castos arquetipos.

Entonces esa mujer que había en mí murió. Le di por sepulcro todo su reino, la naturaleza. La amortajé en lo más secreto del jardín engañoso, allí donde la mirada de la luna, de la prometedora eterna, se divisa entre el follaje y desciende sobre los durmientes por las mil graduaciones de la suavidad.

Así es como aprendí que el cuerpo del hombre encierra en sus profundidades un remedio para todos los males, y que el conocimiento del oro es también el de la luz y el de la sangre.

¡Oh, Único! No me quites el recuerdo de estos sufrimientos el día en que me laves de mi mal, el día en que me laves de mi bien, el día en que me hagas arropar de sol por los tuyos, por los sonrientes. Amén.



[1] En ‘Antología poética’. Compañía general fabril editora, 1959, Buenos Aires. Traducciones de Lisandro Z. D. Galtier, miembro fundador de la ‘Association Les Amis de Milosz’.

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julio 08, 2006

Carlos Casassus, poemas de su obra "Mi Atlántida".

Antología de “Mi Atlántida”, de Carlos Casassus.



Poseidonis


Poseidonis, la ciudad sagrada,
la ciudad de los techos resplandecientes,
reverbera de plata y de esmeralda
bajo la luz de las tres lunas…

En lo alto de las Pirámides
subliman cálidos inciensos perfumados,
mientras las vestales —cándidas magnolias—,
al ritmo de extraños acordes,
acompañan los coros de las Diosas etíopes…
Poseidonis, la ciudad sagrada,
celebra la fiesta de los Sacerdotes…

Asirios, fenicios, semitas
etíopes, egipcios, babilonios, arios,
mayas y tiahuanquenses,
distantes colonos de Atlántida reina,
celebran la Fiesta de los Sacerdotes,
de blanco, de rojo, de amarillo y negro.

En la fiesta magna de las lunas llenas,
todas las vestales —con túnicas albas—
cantan en su lengua…

Inciensos, perfumes de exótico aroma,
conjugando flores, mirrajes y sándalos,
saturan los Parques y las Avenidas,
bajo las tres lunas…

Hay en los Jardines rumorosas cuitas,
—mujeres morenas y rubios escitas—
mientras las fontanas con los surtidores
celebran la Fiesta de los Sacerdotes…
Todo el mundo atlante
responde a la cita…

Orgía de amores, bajo las tres lunas
tendrán esta noche
los hombres de ámbar, de cobre, de bronce
y los hombres de ébano,
con las amorosas mujeres atlantes
que ahora están de fiesta…



Bazar de los Atlantes


Han llegado a las radas de la Atlántida
los navíos de Oriente,
venían en caravanas marineras
para afianzar la ruta aventurera…

Los Tres Peñones montañosos
fueron avizorados desde el alba,
al pasar el límite del horizonte
buscando el perfil de Atlas…

Los apuestos y exóticos bajeles,
de altas proas cortantes y velas de colores,
han desafiado airosos los violentos tifones,
el acecho porfiado de agresivos piratas
y el más amenazante cerco de tiburones…

De las Islas del Mar Grande
traen especias, dátiles y frutos perfumados
tejidos de seda cruda de las Indias,
de Persia y del Levante,
de Chipre, ricos vinos
y sándalo aromático de Sidón y de Tiro,
mieles, pasas y cántaros de Grecia,
higos y mandarinas de las Islas Gemelas…

Tesoros de oro, joyas y pedrerías,
y marfiles labrados por manos peregrinas,
cofres de laca y malaquita, ricas tapicerías
y porcelanas transparentes de China…

Sagrados elefantes, altivos corceles,
antílopes, camellos y cebras y jirafas,
leones, tigres, leopardos y lebreles,
traen también de Oriente estos bajeles
para los Jardines Imperiales…

Fiesta de las riquezas coloniales
para los hombres rojos,
y para las mujeres de la Atlántida
que lo merecen todo…



Atlas


Atlas, soberano augusto y primigenio
de la remota edad milenaria y perdida,
que proyectaste la estatura de tu genio
elevando a tu pueblo
con la luz esplendente del ingenio
y el supremo prestigio de tu vida…

Atlas, dios humano forjador de humanidad,
tu amor agigantado maduró el pólen fecundo,
y tu anciana verdad
edificó el destino para el mundo…
Tus hijos y los hijos de tus hijos,
no han podido olvidarte,
penetraste hasta el fondo de sus almas
y ellas crearon el Imperio Atlante…

Tu arcilla transitoria ya no medra
por donde discurriera soberana
con tus rojos guerreros gigantones
desde tu heróica Escandinavia,
que, para perpetuarte,
perfilaron tu efigie en dura piedra,
ante el mar, en lo alto de los montes,
en señeros destinos de la Tierra…

Atlas… Atlas… Vocearon los atlantes,
como distancia, empuje y resistencia,
y Atlas fuiste, para los navegantes,
oriente y rumbo de su inteligencia…

Tu alma prócer y heroica va triunfante
por encima del Tiempo y de la Muerte,
y aunque no existe ya el Imperio Atlante,
es pétreo tu destino vigilante
y alzas el mundo persistente y fuerte…




El Cántaro Milenario


Alfarero Atlante
maestro de la arcilla roja
y de la piedra amasable
que conoces el porfiado secreto
del cántaro perdurable,
artífice de la expresión exótica
y del bajo-relieve,
que supiste alentar en los perfiles
de tu plástica breve,
el noble ritmo,
el color sagrado,
la expresión fugaz
de las aves policromas,
que amaron las mujeres
de la Atlántida real…

No imaginaste nunca
maestro silencioso,
artista audaz,
que tu cántaro exótico
salvaría milenios y milenios,
hablando sin hablar
de tu arcilla terrena
y de tu genio,
que es genio de la Atlántida inmortal…

Ya no existen tus ojos peregrinos,
ni tus manos sensibles,
ni tus dedos finos en el modelar,
pero existe el cántaro
que tu modelaste,
donde tú pintaste
un Quetzal…

Quetzal enigmático,
pájaro simbólico de la libertad,
que un artista atlántico
pintó como su alma,
que ahora vuela libre
por el Más Allá…




Los Magos Atlantes


Quebrad toda esperanza…
Conminaron los Magos Soberanos
al Supremo Sacerdote del Gran Templo del Sol,
desde el Espejo Gris
en el fondo de la Pirámide Mayor…

El Gran Consejo del Zodíaco,
después de Trece Días,
en un solo pensamiento,
en una sola mente,
recibió la misma y única resolución:
—Quebrad toda esperanza…

El Soberano Mago, Grande Arquitecto dijo:
—Desde Cáncer,
a través de los Cielos más distantes,
vendrá como una Serpiente de Fuego,
el Rojo Dragón de la destrucción…
Ya no podremos nada.
Ahora consultad a los Astrónomos
aunque nuestro Espíritu se adelanta…
Todos nos hemos desencarnado
y en un solo cuerpo etéreo,
desdoblados en sacrificio,
hemos llegado al Más Allá…
Trece días de angustia hemos padecido
para lograr del TODO su trágica revelación:
—Quebrad toda esperanza…

En el Espejo Gris,
hemos visto, como gracia otorgada,
después de larga súplica humillada
la destrucción de los Trece Dioses…
El hundimiento de nuestra Atlántida
en el Gran Mar de Etiopía…
Acuario —el País de Ofir—
el de las pirámides pequeñas,
del oro y de los diamantes, inundado,
náufrago entre la selva…
Taurus y los paises del Este y del Oeste
arrasados por el fuego, las arenas y el agua,
parte de las orillas del Nilo se salvan…
Tiahuanacu y sus semillas de bronce,
elevados del mar a la montaña más alta
de su montaña.
Doncellas vestales y sus Sacerdotes,
serán sobrevivientes enmudecidos de terror…
El País del Escorpión queda despedazado en las islas
y el Rojo Dragón será su Dios…

Avanzarán los hombres de ámbar
desde la alta meseta del Parir
con los poderes espirituales conquistados…
Los Mayas aterrados ocultarán los Templos,
y el Libro de los Muertos,
perderá sus más profundas páginas…
Los hombres de ébano,
obscurecidos por el sol yodado y la intemperie,
serán humillados hasta la esclavitud doméstica,
forzados como bestias…
Los rojos no tendrán paz en la tierra
porque hablaron de PAZ sin darla nunca,
vagarán como forasteros perseguidos
y al agua se irá toda su fortuna…
Cuando Dios los perdone en las edades
vivirán iluminados por los espejismos,
y no sabrán reconocer la estrella mágica…

Nosotros los Magos atlantes, Soberanos,
no deberíamos abandonar Poseidonis,
la sagrada ciudad de los techos resplandecientes,
del Gran Templo del Sol y de las Pirámides Mayores
herencia y reverencia de Atlas, Trece Mil años,
pero debemos angustiados abandonar Poseidonis…

Lloraron los Soberanos Magos,
impotentes ante la trágica revelación,
y el Gran Consejo del Zodíaco,
con toda la iniciática Orden de los Constructores,
se dispersó a los Doce Puntos Cardinales…




Simbolismo de la Esfinge


Los de Atlántida, de Taurus, de Asiria y de León,
han pactado unidad en el Imperio Atlante,
del Rey de Reyes asentado en Poseidonis,
digno heredero de Atlas y guerrero triunfante
Señor y dueño de la civilización…

Ozimándias ha sido despiadado
con los pueblos soberbios. Sus legiones
son y han sido implacables, arrasantes y crueles,
formadas por chacales y leones
de razas diferentes, sobre ágiles corceles
lanzados a la conquista de la tierra
por el dios de la guerra…

La poderosa Taurus, floreciente en el Nilo,
compró la paz ofreciendo tributos humillantes
y entregando el total de sus fuerzas defensivas
al insigne caudillo de las hordas atlantes…
Así devino el Toro en humilde Buey Apis,
cediendo sus guerreros como esclavos
y volcando sus arcas…

Asiria, bello País del Águila,
próspero y grande, regado por el Eufrates y el Tigres,
—en la región de la Mesopotamia—
quiso también asegurar la paz a cualquier precio,
temeroso de la guerra y de la infamia
del cerco amenazante de Ozimándias…
Eran tan bellos los palacios de sus grandes ciudades
tan refinadas su gente y su cultura,
que para prevenir las mayores crueldades,
salvando el patrimonio de remotas edades,
compró el derecho de vivir en paz
a un precio de locura…
Y todos los tesoros, joyas y pedrerías,
y los piños inmensos de sus ganaderias,
en navíos gigantes,
tomaron rumbo hacia el país de los atlantes…

Y luego León, el cálido país de tierras fértiles,
limítrofes de Taurus por el Este,
dedicados al comercio de cereales
y vinos generosos, higos, pasas, frutales,
rindió tributo y sumisión al Soberano de la Atlántida,
entregando mil barcos imperiales,
con dotación de gentes oceánidas,
de experiencia y coraje frente al mar…

Ozimándias, así de tal manera
fortalecido sin batallas mayores,
visitó los países sometidos,
siempre hablando de paz en sus rigores…

Para fortalecer la tal alianza,
quiso que Taurus levantara un monumento
de inmensas proporciones,
cerca del Nilo, en la esperanza
de que fuera admiración de las Naciones,
desafiando lo eterno…

Alzó la Esfinge, desde entonces,
la testa directriz —que era la Atlántida—
mirando impávida los siglos;
el tronco fornido de un Toro humillado,
las patas y garras de un León agazapado,
y dos alas plegadas…

La Atlántida, Taurus, León y Asiria,
en un solo cuerpo fueron confundidos
símbolo de hallarse férreamente unidos…

La Esfinge, enigmática, piensa en el destino
de un mundo soberbio desaparecido,
implacablemente presa del olvido,
por voluntad sólo del poder divino…




León


León, al occidente de Taurus y de Nubia,
rige una inmensa comarca de vegetal comercio,
que intercambia productos de alimentos diversos
con los paises de constante lluvia,
como aquel que prospera
más allá del Mar Grande de Etiopía,
que unos llaman Ofir por sus ofidios gigantes,
y Acuario, los atlantes…

De las Columnas de Hércules hacia el norte brumoso,
Gadírica fue nominada esta provincia de León,
evocando a Gadir, hermano de Atlas,
que diera nombre al puerto más famoso
de toda esta región…
Sus habitantes, eúscaros son llamados,
Y dominan sin riesgo hasta los Pirineos.
Son fuertes, decididos y gallardos,
locuaces, laboriosos y joviales,
y para culminar en sus deseos
inventan instrumentos musicales…

En el País de León, quiso Ozimándias,
irradiar el esplendor de su grandeza
de Rey de Reyes y dominador,
multiplicando los huertos frutales,
los cultivos fecundos de cereales
que prodigaban con las caravanas
de equinos, cebras dóciles, camellos,
elefantes y mulares,
y las más recias naves,
rumbo a todos los puntos cardinales…

Por la vegetación constante y el amplio regadío
el Sol colaboraba, sin su rigor de fuego,
con una población de muchas razas,
que formaban un pueblo
abigarrado de múltiple gentío,
que alimentaba bien su fortaleza,
ávido de conquistas y riquezas…

Predominaba en León la industria de marfiles
y de piedras preciosas,
manufacturas de maderas y metales,
cueros para arneses y naves generosas,
de vientres amplios y altaneros perfiles,
Desde Ofir traían oro,
maderas olorosas y diamantes,
que en aquellos confines formaban el tesoro
que codiciaban los navíos atlantes…

Las mujeres de León eran tan bellas,
tan esbeltas y finas,
tan sensuales, graciosas y divinas,
que los hombres por ellas,
ambicionaban el poder y la riqueza,
para enjoyarlas como estrellas,
como flores de amor de la naturaleza…

Orillaban los mares adyacentes
puertos y factorías incesantes…
A las aguas del Mar Mediterráneo
se alzaban esplendentes
las prósperas ciudades y los puertos mayores,
políglotas y cosmopolitas, por la febril navegación,
que de Oriente a Occidente, y viceversa,
por Ozimándias dispersan
la significación inmensa
de León…

Por el Mar de Etiopía —así llamado por ancestro—
que bañaba las costas ofirenses y atlantes y leonildes,
surcaban los navíos de anchas velas polícromas,
guiadas por el índice de Atlas o su perfil señero,
esculpidos en tamaño gigantesco
en los rocajes altos del crucero,
que León es un emporio cálido,
laborioso productor de alimentos,
bajo el Sol del Imperio…


Por la Serpiente Alada de Escamas Encendidas
y Plumas de Quetzal,
—que era el Dragón de Fuego—
la Isla Madre se hundió,
y el mar atlante
se volcó sobre el rostro de León,
que era la más hermosa comarca vegetal…

Cien años no bastaron para ponerlo en fuga,
para dejar por siempre, bajo arenas quemantes,
EL VERGEL DEL IMPERIO ZODIACAL…!



Heráldica de los Amautas


Los amautas dicen sin decir con su silencio
que ellos y todos, bajo el Sol,
se van quemando con el tiempo,
que los Tupac-amautas, desde la Atlántida, vinieron,
y se fueron…

Los amautas —los discípulos amados—
aprendieron y enseñaron con amor;
pero ahora nada saben, nada anhelan, nada piden…
Muchas veces en la noche, en los huesos de sus padres,
bajo un cielo de luciérnagas,
lloran kenas, con sollozos sin palabras,
y en las selvas se despiertan
otras voces, que son voces de estampados ideogramas,
ya musgosos y oxidados por el tiempo que murió…

Los amautas solitarios pulverizan sus secretos,
ya cumplieron su misión:
repitieron una a una las más hondas enseñanzas
del misterio, de los hombres, del Gran DIOS,
al más bello de sus hijos,
en la edad del corazón…

Ahora, mudos se perfilan monolíticos y extáticos,
encerrados en el ritmo de su propia pulsación…
Por milenios de milenios los aymaras fueron sabios
y aprendieron y oficiaron los primeros,
los misterios
en el Gran Templo del Sol…

Nada saben, porque un día,
ah, un día ya perdido en la noche del arcano,
desde el cielo de los cielos más lejanos
un castigo mando Dios.
Fruto amargo de su gran Sabiduría,
y hubo fuego desde el fuego de los Cielos,
y un océano en tinieblas, las tinieblas desplegó,
y los hombres y las bestias y las cosas perecieron,
y la Atlántida se hundió…

Los amautas nada saben, nada saben, nada saben,
desde tiempos muy remotos,
sólo uno de sus hijos, el más bello,
en la edad del corazón,
uno a uno los secretos más ignotos
va grabando en el silencio de su voz…

En las altas serranías,
donde el cielo es dulce y claro,
donde pacen las vicuñas de la heráldica anterior,
que formaban los rebaños consagradas
a las Vírgenes del Sol,
los amautas solitarios,
encerrados en el ritmo de su propia pulsación,
con palabras sin palabras,
desde el fondo del misterio de su voz,
bajo un cielo de luciérnagas,
con los huesos de sus padres,
lloran kenas…




Mensaje a los Mayas


Orad con las manos sobre los ojos,
hermano maya, para no ver otra vez la Gran Serpiente,
que vino a destruir los Trece Dioses
desde el Décimo Tercero Cielo.
El ritmo atolondrado de los Nueve Dioses del Bacab…

Ya no existe el Gran Templo del Sol en la Atlántida,
ni los bellos Jardines de los frutos dorados,
ni el alma de las Pirámides Sagradas,
ni los herméticos sacerdotes que amaban al Padre Sol
y a las Constelaciones…

Ya no existen las ancianas civilizaciones,
que eran el legítimo orgullo del rojo País Atlante,
el Libro de los Muertos ha perdido sus páginas,
y el Gran Zodíaco —que era la fisonomía de la Tierra—
está despedazado entre los astros…

La Gran Serpiente Alada,
de encendidas escamas y plumas de Quetzal,
destruyó las semillas
blancas, rojas, negras y amarillas,
y devoró las lunas más pequeñas,
que eran las rubias hijas de la Luna…

Y porque merodea enloquecida más allá de los Cielos,
hermano maya, se están desnudando derruídas las Pirámides,
y vuelven los herméticos sacerdotes desconcertados
a predecir la trayectoria de los nuevos destinos…

Ya no existe el Gran Templo del Sol en la Atlántida
ya no hay sacrificios que aplaquen las iras del DIOS,
hombres amarillos, orad con la voz más sonámbula,
que ya se ha quebrado el silencio,
y la Gran Serpiente, reclama en los Cielos su voz…

Fatídicos signos que otrora dejaron los viejos augúres
rezan la leyenda de las razas nobles desaparecidas,
místicos orfebres salvan la mirada antaño encendida
a los milenarios dioses monolíticos…

Y vuelven los odios que orquestan las voces que llaman
la Gran Serpiente…
Y el ETERNO guarda trágico silencio…
¡Hombres amarillos podemos quedarnos a obscuras!
Orad que no mueran los Dioses del mundo
jamás en el Tiempo…




Invocación


Despertad del Más Allá
¡Oh, Espíritus Guías de la Atlántida
y de su Gran Imperio de los Trece Dioses,
acercaos a este mundo distinto y diferente de ahora,
ya se fue el Dragón de Fuego detrás de las tinieblas
y dejó su tremenda destrucción…

Ya pasó el diluvio
y se escurrieron las aguas obscuras
por encima de las más altas montañas,
de las estepas y de las llanuras…

Ya desaparecieron las grandes ciudades
con techumbres de oro y oricalco,
los pueblos santuarios del Sol y la Luna
y aquellos que un día adoraron a Venus,
los puertos soberbios llenos de navíos,
de proas cortantes y velas polícromas,
los monumentales y señeros rostros de Atlas,
y del Rey de Reyes que fuera Ozimándias,
los Jardines regios que el mundo haya visto
con fuentes de pórfido, oro y alabastro,
el Jardín Sagrado con Naranjas de Oro,
las pirámides Templos consagrados
a los sacrificios del radiante Sol,
las brillantes aulas de Sabiduría
donde nada humano se desconocía
y donde al Dios Grande se reverenciaba
por su Luz activa,
hasta que llegara la riqueza inmensa
con su podredumbre y su corrupción
a torcer el rumbo de todo destino
llevando a los Templos la grosera ofensa
que niega por siempre la gracia de DIOS,
poniendo en peligro el signo del Hombre
con la maldición
de barrer del mundo el Imperio Atlante
con el Fuego Sacro del más alto Cielo,
—la Serpiente Alada, el Dragón de Fuego—
y después, la implacable lluvia torrencial de lodo
de piedras, de lava, ceniza y meteoros,
por días, semanas y meses
años y centurias
la espesa tiniebla cubriendo de sombras la tierra,
sumida en vergüenza de no ver al Sol…

Despertad… Despertad…
Oh, Espíritus Guías de la Atlántida bella,
ahora que sabemos vuestra vida pretérita,
el auge y empuje de vuestras Colonias,
después que Platón reveló vuestra existencia
vuestra magnífica civilización
y besan la luz del Sol las más grandes Pirámides
síntesis de toda vuestra luz hermética…

Ahora ya conocemos el secreto misterio zodiacal,
—aunque la Humanidad lo ubica entre los astros—
sabemos que es el rostro del Imperio Atlante
con sus Doce Colonias
y los Doce Puntos Cardinales…
Pocos todavía nos han revelado
concatenaciones del Chilam-Balam,
las hojas perdidas de Libros Sagrados
de Cáncer, de Taurus, Sagitario y Virgo,
también deducciones y revelaciones
de Sabios del Tibet,
interpretaciones de los ideogramas
hallazgos felices de objetos remotos
que avara y celosa guardara la tierra
en el más oculto fondo
de su entraña…
Y que se salvaron de los cataclismos
del agua y del fuego
en los más secretos perdidos abismos
y escondidos Templos…

También se salvaron
semillas dispersas de todas las razas
que aun conservan huellas de vuestra cultura
en las ruinas mayas y en el Tiahuanacu,
y más que en las cosas y que en la materia
en el supraconsciente de los viejos pueblos
en sus tradiciones, mitos y leyendas
y en la luz radiante dormida y eterna
de la Gran Pirámide,
por encima de los Faraones, de los mayas y del Tiahuanacu,
de los etruscos y de los pelásgos,
de los caldeos y de los babilonios,
de los asirios y de los fenicios,
de los chinos, los de medos y los persas,
de los cartagineses, los griegos y romanos…
Por encima de Atila y de sus hordas,
sobre godos, visigodos, árabes y normandos…
Por encima de España, de Inglaterra y de Francia,
por sobre las guerras de todos los tiempos,
más de algo de vosotros inmortal se levanta,
como una tremenda acusación a los hombres,
a los pueblos y a todas las razas…
Vuestra paz prolonga vuestro espíritu en paz
como la más enorme maldición a la guerra…

Despertad… Despertad…
Oh, Espíritus Guías de Atlántida,
reveladnos ahora el secreto de vuestra feliz convivencia
el Dragón de Fuego nos ha envenenado
y los hombres se odian y odian también la existencia…
Antaño de antaño, vosotros atlantes,
amábas la gloria de todos los astros,
y los Sacerdotes Magos eran Sabios,
y DIOS encendía sus lámparas…

HOY YACE EL CADAVER DE ATLANTIDA,
DEBAJO DE SU PROPIA CABELLERA,
EN EL INSONDABLE MAR DE LOS SARGAZOS…


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junio 14, 2006

Poemas Breves. David Villagrán Ruz

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De quienes la sal conserva los nombres
eras de su brillo parte en el alba
y parte de su alma en agua toda.

Sobre su propia espada detenido
tras siglos mi nombre viniste a encontrar
sin oír, oyendo, cual calígrafo el cielo

Como el correo en su vuelo nocturno,
no se allegó despertando al rocío
solo por nosotros dos la mañana

No levantaron tus manos noticias,
tan sólo, ni celebran solamente
su auxilio las mías en las estrellas

Escampando, cual lluvia hacia la nube
callando llora a la que la tuviera
el brillo tuyo cegándome cubro

Antes de que tanta agua el saludo
Dar doble al rojo anzuelo me indicara
No era en tu nombre lo sagrado

Amor heridas cifra en sal y brillo
Razón con cicatriz suplir no puede
De la arena al mar la boca rota




Lentamente un beso en la mejilla
Se cierne entre las aves del claro silencio
Que no es eterno ni sereno entonces

Habiendo perdido el rumbo
Marcado por las bicicletas
Toma sus brazos y los cierra trayéndose en medio

Alabastro en huella gredaria
Su rostro prendido y moldeándose
Pieza por pieza

Es lo que encuentra cuando es trazado
Le toca cuando le deja
La forma lenta

Con las aves bebiendo del cielo
En una posa más del parque
La curva de acuario recomienza

Donde el beso piensa con sus manos
Y con sus brazos en el pecho
Comprende la torpeza que encanta

Un beso en la mejilla,
El punto donde todo comienza.





O




Yo me debo a mi dama
Y ella me ha amado en trozos la vocal del corazón

Yo me debo a mi dama
Y ella está tan dentro de mí que solo la siento con el abismo
Toda afuera el alma dentro si hablándole silencio
Si luz entrara siembra aquí a la hora del ocaso

Ella era una rosa coronada con espinas
Atravesada con la lanza de un camino
Y yo me debo todo a aquel camino
Andando con los pies de una congoja

Yo me debo a mi dama y el mar
Es un testamento susurrando una respuesta
Igual a un beso llega, y rompe
el vidrio de las venas,

O

Dolor sin querer amando al dolido.




Vidrio




El jardín con sus surtidores en la lluvia
Solo lo verás desde la ventana baja
Detrás de los cristales empañados
Yorgos Seferis




Domingo de soles leves
De luces silbando tras opacarse en los vidrios
Piedras en lugar de ojos
El sueño, alzando el oído se triza por pausas

El frío ha empañado tu cara, despierta y a gotas
Separados son labios los frentes que espían
Una misma prisa espaldas de otra

Oye a la ventana esconder con mirada vestida
La vergüenza plácida de una guerra

Otra mejilla, fresca, en ti flanquea el día
Y es tan poca la paciencia hasta el verberar
Que lamen los perros sobre el esmero

A otros pertenecen esas huellas sobre el sonido
Un barullo insípido tras las hoyas y las tazas
Callando a golpes la voz de un pasillo cualquiera

El séptimo grito devora su eco de armisticio
A oscuras, solo y enfrente de sus hijos
La luz oscurecida rebosante, transido frente
Teje su dios de Salida a saliva.




Para abrir los ríos
Antes hay que probar con el mar
Cuántos principios hay para este mismo sueño

La tarde nace lejos de las casas
Cada raíz escancia un vino que nadie beberá
A la noche solo se la oye pasar como una nuez
Rodando

Cuánto camino y no es esa la noche
Ni la tarde, la que se acompasa oscura
Estoy seguro de algo que vendrá
Y que tampoco es este viento con su lápida de espaldas

El viento solo se destila cerca de los puertos
Y aunque moribundos piensen temprano en su adiós
Quizá sólo se embarquen conmigo
En una borrachera soñada por el grano

Ay, estos muertos verdaderos
Navíos entre un pueblo y otro, y casas
De follaje tierno cuya gente nace solo para oír
Como su ríos los sacuden sin nada pendiente




Piedra




Una piedra rota no es dos piedras.
Luis Felipe Fabre


Halando lacerados cantos graves y longincuos
Escarpándose entredientes,
Solos
Cuales granos tremulados tarde
No se aparten secos
Menos madurados salmos
Cuanto más irriga el sacrificio espaldas
Ronca y grita un viento carne
Traza la juntura
Blanco busca el cielo lapidando
Tan papel y noche
Y de tan rojo, el gran Caballo.










Haikus





Como dos maderos
En un mar que habría de estar seco
Nos encontramos



Un par de monedas
Nuestro lecho, fuentes
Jardines paralelos



Conocen las aguas su morada
La lluvia es su templo
Distinto es el trueno



Una eternidad perdido
Inclinado sobre el papel
Lo encontró la lluvia



Como un antíguo ícono
Se despide la llovizna
pero la Pasión...



Cedro




La violencia solo comienza con la cicatriz
Las heridas jamás contarán ningún futuro
Todo antes parte con el cuerpo de la Emperatriz
Y sus jardines tardos para sus silencios puros

El mármol, maestro, ya mucho que fue su aprendiz
El mar, la lección más verde para el lecho duro
Y yo, ausente ya esculpiré en mi sangre la matriz
Que algo de mí en piedra lloraba sobre los muros

¿Porqué has callado al cedro con tu amante, Emperatriz?
¿No sabrás que el sol lo eleva pronto hasta los cielos?
¿No oyes como toda lluvia pertenece al hielo?

¿Cuántos caminos, del espejo al rostro de la Actriz?
¿Cuántos, los cedros al camino del Emperador?
Todos los golpes cayeron desde un mismo dolor


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junio 06, 2006

Poemas de Simón Villalobos Parada


VOCA



Por haber mi amor imaginado mis deseos

Paul Valèry

caminan como se camina de a montones

los pies resbalan

el líquido la calle

el cigarro me cose la boca

el perfil del auto en medio de la lucha

piloto y copiloto

Amar a tragaluz pero hacia fuera

triza los vidrios no

quiebra, estalla

los tarros de basura

así mi cabeza

espalda el cerro

y todas las luces pegadas

siguen, ladran

o abrigan

o cercenan

o tuercen

en mi voca hay un sonido y al guerrir

tiene que haber dos

o su cuerda trizna



*


CANCIÓN DE LA TORRE MÁS ALTA

Reciente en los cimientos que no habrá verdad, el templo rociado de ceniza y un tanto oscuro en su verbo; lo vi desde la superficie de su manto, la altura de la cumbre es la misma altura que roe la fosa.

Encima: será una cruz si va a caer o matar mis pies de larvas. Será una ceja de luna a punto de girar o enterrarse para ver que brote su redondela. Será un cristal quebrado, un trozo porque arda: la forma de la uña índice contra el vértice, la forma seguida del codo, la cabeza que presiona y se entra anegada, el brazo muerto que le sigue, las piernas.



*


Necesita tomar el norte, necesita limpiarse la vista porque el agua viene de todos partes y tiene habitaciones en el cuerpo; de los muebles al interior brota el agua y había que tomar la voz calle que los perros andaban húmedos y tristes, dispuestos a seguir lo primero que pase.

Desde esta orilla el agua describe la circunferencia desciende; si queda sólo un surco en descenso la virgen llamea eléctrica - parece que no tiene rostro la mujer que es la virgen; tiene un manto que suda y anega, tiene las cárcavas la grasa que abriga a los perros en el peor mes de lejía. Yo puedo seguir lo primero que pase no importa el caudal desagüe las cañerías la voz calle. Necesita quedar descalzo para ver / lo que blanquea la carne el agua de sal rodea la luz de un manto, desciende al norte



*


VOZ CALLE FRANCISCO SILVA

Encima está brillando; la he visto levantarse / el declive.

La noche de escarpa un poco azul y grisáceo / porque está lleno de casas y algunas sueltan la hierba que las sostiene.

Hay un horizonte más atrás -remontando encima la tarde-, te vi caminar de la mano de un hijo, cuando aún no abría las grietas su pobreza:

esta ciudad va a desaparecer, esta voca desierta su triángulo de mundo va a desparecer / el paladar de su rostro más atrás la lengua el cerro

II

Encima está brillando; la he visto levantarse como una aguja sacudir los autos / su espalda resbala agua y piedras que suenan de noche – siempre nos preguntamos de dónde y para qué –

la unión de dos vértebras bajo la carcasa, los hilos nervados suspenden la tarde al cinto, una mano cuelga frente al rostro y sus dedos casi tocan el suelo

III

La niebla ha escondido las cosas más allá de la ventana y queda el lugar tibio donde vendrá la luz a borronearlo todo; un trozo de concreto bajo la niebla tendrá que levantar su columna si es azul o volver a golpes

*



Dejaste una sombra en el descanso de la escalera / vibrante

te oí pasar, gemían los anillos el agua de las llaves

a oscuras

recortaba los cerros la ventana del baño

primera estación, saldremos

la pared aún suda el requiebre subiendo

y aquí todos los trozos –supuse-

como el puño en una palma marcada

prendió las astillas

algo voló

Estoy haciendo mi calor

en un sitio vacío

Se esparce la silueta del cerro

escarpan las manos un cuerpo, entiende:

había un cuerpo

una línea circulatoria baja por mi muñeca.



*



ACORDE

al tiempo que huyeron los ángulos

I

La suma de las piedras del patio, sus lados recién heridos despiertos y sesgan por el temporal. Adentro o cuando en toda mi sien se recuesten sus puntas y sea tarde con sol; levante el vaho de una sombra ladeando las casas del cerro, el almizcle óxido de maderas que sostienen los techos, escuche una sustancia azul -como que su nombre vuela de mi voca- entre los muros un cordón hilando, a mi boca la cercena.

II

Viniera a nacer a esta orilla, cruzando la luminaria, los comedores, las vidrieras quietas, llegara, como en un cuadro de colores fríos, la calidez rodeada de sombras renacentistas, la expectación: hasta este vértice un animal de polvo con sus crestas, tras de una puerta entornada o calle abajo con mis uñas donde durmió hace un par horas desentendido y sin querer, un rostro llameante en los portales, caminaba de lado y salió corriendo un codo contra la costilla, un codo civil quijaba la boca más alta de animal. Viniera antes por lo visto: apagándose, cambiando de postura, amoldándose, llegara a entender el pasillo entre dos gordos felices que le cierran el paso y veía un poco las manos con una poza sucia adentro: es de una madera de astillas rojas celofán y colgado de paredes.

III

Que responde a la presión o su telar recive los restos. A los autos los siento doblar la esquina en que no estoy; la figura simplificada al triángulo, los brotes sesgados por donde pasa el animal, de ida y vuelta recorre un cilindro y a corazonado el instante de consumirse, más quieta y oblicua y resumada: tiene un dígito con la impresión de lo firmante y extendido que mi cuello abre un plazo, la quijada arrastra al cinto


*



Nos marcamos la figura un órgano genital, el tímpano que venías encima, el rasgue tibio por un momento y frío en la pausa / alambré la lengua. Esta humedad va a parir del techo un olor, lo vi en la mañana rota, el golpe de una puerta más atrás / la estación de muebles en montones.

Trasunta, te quedaste adentro como ceden las maderas bajo el agua que se empoza; los desfiladeros, las quiebras capitales de luz van cayendo; las manos duermen las cosas que sobrevuelan y era suave afuera el descalabro.

El tímpano se contrae como cuando entras las piernas



*


COMO EL DESTELLO ANTES DE MI CUERPO

Yo pude cruzar los huesos del ave de escarpa, venía tenso, la cara dura y llovían pequeños granos sucios suspendidos por los autos / la gente que volvía aprisa. Aviesa a bajar más tenue la quebrazón de esta luz recién nos cortara en una esquina. Pude cruzar las charcas de metal encordado sin dejar mi pie entre las rejas, las venas sueltas los bordes





*



Agarrándonos a la tabla de salvación de la poesía, que es una gran máquina negra,
somos los santos carajos y desocupados de aquella irreligiosidad horrenda que da vergüenza porque desapareció cuando desapareció el último “dios” de la tierra,
y la nacionalidad de la personalidad ilustre, se pudre de eminente y de formidable como oro judío;

Pablo de Rokha

La voca será el hogar de los hombres santos, iguálalo en tu color no en la tarima del mercado, no en la feria de los preceptores para los notables de la hora. La voca será quebrada pero será la reina de su terciopelo, de su arrastre con la caballería de los garzones tomándole el pico, con sus cabezas indiferentes amarillean el horizonte. No, yo estoy tras la vida contra la ciudad del lago, tú sabes que vinieron a fundar la ciudad y les di con la puerta porque hay un muro y es mi horizonte cambiando de postura y pobreza. Tú sabes como miente, ciudad, que será la única y una tregua larga de abundancia. No a nacer sino en la calzada oscura de lo liviano que hurta a la guerra un papel gastado con que cubrirse el calor. La voca será el reino, la alabanza, la disolución de los cuerpos pequeños fluidos materiales navegarán el mismo surco en un mismo golpe largo, Ave ciudad.


*



La mandrágora el hijo del pintor Murillo cave su nombre en el muro azul y decapite, era la estación de los cubiertos de logia, la pantomima de los modos calzados y majestad una tela de escarcha. Las manos pisaban la filigrana de los astros, los llevamos en andadas todos los renacimientos y encandilados a precio de oro central, a precio de oro legítimo de indias. Eleva tu corazón a los santos

*


DAMASCO

Cincela el óxido soldado la fruta el sol con su costura, los bordes serpentinos, la blonda bajo la letra redonda y manuscrita, el punto marcado y circular. Así en las lenguas secas así las hojas llegaron, un olor agrio a la sombra del patio con sus puntas: vamos a esperar las invasiones sentados a la vera de las tablas y el polvo, vamos a ver salir el hueso de su juntura la pulpa de sus hebras si es azul; a ver lo que perdure despierto su gaste demoroso, como si cae a las manos un santo lacrimal camina la luz de pulpa oscura / se va a perder de noche. Está como los locos, come la piedra engrasada sus planos combustibles y ulcerados por la gravedad.

*



HORADA

el pensamiento me cuesta

Robinson Crusoe

La palabra visión como un tubo inserto en tierra, un trozo de sangre contusa es mi órgano pensamiento mi amor

la palabra alegoría

un racimo de cruces entra en mi codo

mi órgano pensamiento, un cavo de piedras

la vía libre más larga que pesa la palabra vía cuesta abajo la palabra libre

se van desmoldando a tirones

Un tubo es un soplo que irriga / no, un tubo es un soplo que arrastra de sí una marca y la va abriendo mientras la saca

la palabra alambre desván

mi órgano contuso / su masa quedo vertida



*

JUAN

La hierba crece en el lugar de la tierra batida; hubo que abrir con fierros el centeno, la dolonía los que avanzaban a tientas y muertos avanzamos / La hierba brilla dando la espalda

Está del otro lado el sol, las quistes de mi pie convulso y sonriente estas laderas; y es siempre la caída de la prenda más de un extremo, con la palabra bronce en su costado / celebracional

Escucho una sierra batir contra unos fierros / un avión cruza el aire que delira



*

La puerta no calza el marco, arriba hace una franja amanecer y antes el círculo donde estuvo el cerrojo.

Duermen las palomas en el vaho, gimen la cornisa, reverberan toda la noche adentro

primero, ven el cilindro en las quebradas

las casas del cerro

ruedan el tizne de las cerámicas sus paredes sueltas

en el vaho se quiebran

Ahora que va clareando

la puerta rajó sus partes, abrió unas luces



*

Alguna cosa sobre la que tuve recuerdo y encegueció, algún pedazo de recuerdo que fue hostil, juntó sus ramas y comenzó un fuego por sí solo un aire cerrado al centro, algún marco de la ventana cerró de golpe quedó en los vidrios atrapado / hacia atrás no estaba mi cabeza si comienzo a hablar por los pies, hacia atrás el sesgo de los ojos que es una vena / la sección del cielo raso que es una vena. Alguna cosa sobre la que escuché hablar cuando volcaron las tazas mis manos dentro de las tazas, dije sobre el color oscuro volcado la forma de un continente en la mesa

*


Vi a unos locos en el cerro

con sus navajas se cortaron los brazos a lo largo

me dicen:

¿quién te cavó la voca?

.

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