abril 20, 2006

Poemas de Juan Manuel Silva Barandica

El Libro de los Libros del Exterminio.

Libro Cuarto:

LA BESTIA DEL ATRÁS

I

No están entre los vivos, a la luz

de lo que veo, ni en la tierra oscura

de las tumbas, están entre los muertos.

Ibn Arabi

¡Dios llora un sol de sangre, como un abuelo ciego...!

César Vallejo.

No es la escritura un tránsito de almas. No es el signo estafeta del aliento. Pues hay un rumor que no explica. Pues hay una cadencia que no ilumina. Pues el sentido sombrío se ha perdido con el color de la tierra y la sangre. Y es aquél nombre, aquella sentencia desde el silencio, sólo el ángel que ha sido confiado a la presencia, sólo el traductor de la muerte. Pues frente a la voz, el soplo ha traicionado al cuerpo.

II

La vida nos estaba embargando de júbilo

ma luego enfilamos rumbo al desierto

a tomarnos el reino de Dios por la fuerza

para el salto a la luz

para el deseclipse del firmamento.

Diego Maquieira

Suspendido en deseclipses pendulares, en la precisa sucesión de la ausencia, el cuerpo tumefacto rememora lo que ha de ser, el soneto del ángel tácito sobre el edificio del mundo, la musa extinta en un abrir de loto y la composición detenida de su estancia: la contracción y explosión simultánea. Pues el huevo Ankh es la máxima densidad pútrida. La presencia introscendida del amor. Fermento. Lo que amas debe pasar, pues sólo lo que amas te será arrebatado. Así, del extranjero a la existencia, la carne, el vértigo de las fibras urdiéndose escondrijos truncos, abrazos cercenados. Bailes escritos sordos a los cantos del agua. Todo es danza. Mas la danza es el instante del abrigo, donde ni arriba ni abajo son materia. Donde el tiempo se transforma en abismo.

Sostenido en los gritos de los antepasados, de los humillados, por los árboles túmulos que descansan en la cornisa de la plétora oquedad, el nombre vaciado en piedra oscila entre el día y la noche. Bajo la frente habita el mar. Y en la espesura de la historia, la cifra que cuida de los rostros ha caído arena en un golpe de cielos aún sagrados, cuando la voz había sido, donde la pronunciación del fruto era trémolo. Y las tullidas esfinges guardaron la música del céfiro. Y los guerreros pasaron la experiencia del límite. Y los cuatro ríos durmiéronse en la afonía de los cuclillos. Y entonces las estatuas juraron la sangre en ceniza. Y entonces sus ojos no quisieron responder a los astros. Y del frágil esplendor pleno de tiempo eterno, la tibieza del aliento se cerró en el gran silencio, en el sello del agónico ahorcado. Así los gigantes sepultaron los colores. Así grabaron la orfandad de los mares siendo uno con la tierra. Así el pacto de la luz fue templado en el signo del destierro. Así ya nunca hubo escucha. Así la voz soterrada.

Sólo los mutilados resisten velando. Sólo la muerte es ignífuga.

III

Con todos los ojos ve la criatura

lo Abierto. Sólo nuestros ojos están

como vueltos al revés y puestos en torno a ella.

Rainer María Rilke.

Las constelaciones separan al niño de lo abierto. El arte celeste prevalece a las madres en el convulso retorcerse de la bestia. Y bajo las flores del pasado la noche vaga ahíta, al detener el curso interno ( Y el dolor no cesará. Y el imperio no tiene fin.), suspendiendo su pasar de las centellas. Los nacimientos del sol son seña del nombre, pues en las profundidades el hollín de los siglos limpia la órbita del bosque. Sana el rostro del afligido. Alecciona al aleccionador. Dispensa aliento a la boca. Pues sólo conoce el reflejo quien se ha traducido en luz. Pues sólo refleja, quien la voz ha destruido. Nimbados dentro de la bestia, seres diáfanos con apariencia de dioses, transforman la piedra en agua, en sangrienta teurgia fluvial, en vida verdadera, en arcano diseño bifaz. En él, el desierto desnuda la escena del exterminio y la visión del decurso, el enmudecimiento de la materia divina y, repetido en los oscuros nódulos, el umbral del hogar. En el hijo, la forma estelar ausenta la roca del criptograma. El hijo, dintel.

Y creeréis en los dones. Y temeréis los abismos, pues las galerías de la detención son más profundas que la ruina. Y el alma no puede entrar al tiempo. Y el tiempo eclipsa la reunión. Y no entrará a la familia pues el amado es el espejo en la pesadilla de la aurora. Y no hubo futuro en el origen.

Los adivinos construirán vida en el templo. Los hierofantes no soportarán la oscuridad del hogar.

IV

Secretamente andamos,

De hondura en hondura con nuestra agonía,

Desnudos frente a las ruinas,

Secretamente, atados a lo maligno.

Gustavo Ossorio.

El oráculo de los necios llama tormenta al rumor del rayo. Y aquella cadena de la concordia entonada en llamas para los hombres, ha sido perdida en la apócrifa estela traducta, donde el cenit impide acceder al crepúsculo, al llanto del astro fragmentado, pálido espejismo del éxtasis. Del huevo guardan las estaciones secretas la aparición de la sombra. La madre avispa ha hospedado de astros los cuerpos, y los derviches son el reverberar de dioses y planetas procreando la lubricidad del desconcierto. Una letra, una runa, ha sido callada en el curso de las siembras. El cuerpo hecho canto pende de los árboles ungidos en llanto por el perpetuo fracturador. Él resopla espirales descendentes que dibujan el pánico de los divinos trashumantes. Para él, el oxido de la sangre se ha consumido en tejido, y el ropaje de los hombres despierta en cada ángulo naciente. Pues el tapiz inunda el fatuo vacío, pues quien no sabe leer esconde cicatrices. Así, la música de los santos es el pan que se arroba entre las brasas Y a quien viste plata en el ojo, negado está su paso por la tiniebla. A quien desnuda el sonido de su cuerpo, sosteniendo las resonancias sin eco, lo abierto plénalo como en el tiempo del verbo, como en el tiempo de la escucha. Por eso la lengua secreta sólo besa al abismo, pues en la profundidad, ni lejía que debe el perdón al hijo, ni el hueso calado por el cántico ogaño, pueden permanecer. Sólo el nombre articulado en su prehistórica estructura, cristaliza en todos los nombres la presencia de la madre. Así el supremo desgarro duerme al hijo en el hilo de ceniza. Así la destrucción de la familia es cada epifanía, cada iluminación, cada luciérnaga, cada imperio. La fortaleza del tapiz es la cruz, el pacto, el pez donde vela el insomne amado. La larva de la avispa es el umbral de las de las cifras espirituales. Dentro de la hoguera el niño aguarda en la noche, que los ángeles corten sus alas, que la fibra se anude rasgando, que el cabello taña la calvicie, que cada oración encuentre el eclipse, que cada recuerdo sea el crisma del idiota. Pues al que habéis honrado con óleos y esencias no es más que la glosa del fruto aún no probado.

¡Los heliotropos no siguen al padre!

Mientras los vencidos buscan el oscuro zafiro, la negra barba del gran silencio anuda la horca. El arca plena de lágrimas scegadoras. Así, los pétalos de la creación dirigen la mirada a la roca, y las edades se desperezan al alba de la escritura, cuando aún los fatuos fanales no han mostrado la bimetría del desastre.

Hay un precipicio que ciega las alcobas. Hay un afuera abierto más allá del asfixiante númen. Hay un murmullo tras el horror que invita a arrojarse.

V

Pero no tengo voz, ni pañuelo, ni amante;

no sé por qué me vuelvo amigo de los perros

cuando soy transeúnte de la tarde

sin saber por qué vivo y por qué muero.

Armando Rubio.

Me acostumbro al sosiego de las lenguas, me adhiero a su ley, a su hato. Y es sólo el yo el que me duerme en la sucesión de bosques y desiertos. He aceptado el vicio del ciego, guardando a padre y madre bajo la el lecho. Y es la espera de la aurora su mismo delinearse sobre el rostro, como un refulgente torbellino entre los ojos, como la efigie infantil que se halla en el óbolo, en el canto circular, en el río que deja de ascender para cobijarse en la leche, para morir en el pezón. Y es que no hay escapatorias en el arte de la luz, no hay raíces en el espejo pintado por la memoria en las espaldas. No hay advenimiento, sino avenencia. Y estoy calmo, hecho de sustancias que han comprendido lo ausente. Y el cuerpo no significa, ni puede decir, así como los signos. Y es esta mudez que ensordece, este sopor con la fusiforme mueca del crimen, la sentencia de las materias rebveladas. El límpido resplandecer de la noche sin enigmas. Pero es también hospedar el abismo, la numerosa profundidad, la invitación al tráfago oscuro de demonios que enquistan de plenitud el alma. Y es el horror el cadalso que conduce al misterio. Y es la muerte cansina que se halla en el lenguaje de ceniza, el diapasón de los aullidos, la extremidad de los nublados farellones, el resguardo policórico de las atalayas, el gesto del silencio y su figura, la joya extrañada en la diadema, crisma en la llaga que ha dejado la saeta.

Desconozco los ritmos del alma, y una sola visión perturba a los elementos que en mí convergen. De los que soy hado y clave. Aquellos que perseveran como una imagen detenida en los custodios perros del reconocimiento. Pues mi forma de sombra no es más que el aprendizaje en la comunicación con las presencias. Pues el contemplar la muerte sin saberla es no poder ser dicho por Dios como su nombre.

VI

El Maestro, por un ojo profundo, ha calmado

a su paso del edén la inquieta maravilla

cuyo estremecimiento final, en una sola voz, despierta

para la Rosa y el Lirio el misterio de un nombre.

Stephane Mallarmé.

Todo logro conseguido por el pequeño pozo puede cumplirse de inmediato por las grandes corrientes de agua. En forma similar, todos los propósitos de los Vedas pueden ser cumplidos por aquel que conoce el objetivo que hay detrás de ellos.

Bhagavad Gita.

¿Acaso el sol no esconde un fantasma? ¿Acaso el viento no es un sueño sin vigilia? ¿Acaso el agua no es la sangre diferida? ¿Acaso el tiempo del cometa no es distinto al de la carne? No hay certezas en el entusiasmo y no hay más que reflejos del aura. No hay plenitud. Y somos responsables de la muerte mas no de la vida, pues cada materia engastada en el diseño inmediato, es parte de un atrás ineluctable, vasta distancia. Y es su aparecer a la mirada sin memoria, un umbral, un pórtico que hemos de velar. No hay propiedad sobre las mutaciones, sino un disipado afán. El espíritu es la semilla intacta en la pirámide, que aún guarda su saber a la familia. Y su ley es siempre un advenir. No hay soledad, sino una compañía por la cual interceder, una mutilación a las entidades definidas. Pues la sustancia es el médium del gran silencio. Y a cada ser aplomado a la existencia, la cobardía del futuro vuélvelo decible. No, no hay curso para el permanecer. Ya cada nacimiento significa asesinato, cada aparición su abismo numeroso. Pues el lenguaje es el tiempo del concilio. ¿O acaso la historia no ha enmudecido su fermento en hiel? ¿ O acaso los sapos, los lemures, las marsopas, los hurones, las mariposas, las águilas, las ballenas, los tritones, los alerces y los hombres han entrado a la renuncia del crepúsculo? ¿ No es el resistir más que un egoísmo frente a la aurora? ¿Cómo comprender al coral desde la espuria progenie? ¿No es él acaso una construcción que detiene la codicia de las genealogías? Y es la falacia del fin un sacramento que ha diseminado la tecnología espiritual. ¿ No es entonces el rostro de los padres un instante invertido en el hijo? ¿ No es la pirámide el secreto de los intérpretes? Pues sólo aquello muerto puede significar. Los perros y las polillas lo saben, pero pertenecen a la nimbada constelación, siendo señales de los nuncios, cuerdas en el arpa que cerró el oscuro sendero hacia el vergel. El mundo es el discurso del universo detenido. No hay traza ni duración, sólo un revés bestial que astilla nuestro tronco hasta verlo genuflecto. Y es que los elementos son una lengua entre los sordos (Ya los antiguos maestros son signos en ella). Las ciudades, los palacios y los hogares no ciegan los besos del desierto, los montes y las riberas. Pues somos un eco del nombre que los ángeles reproducen a quienes han negado la cera. Y no es el decir, sino el exterminarse en cada letra como un farellón, para que la lágrima sea uno con el océano.

VII

Cerrad el destino de la sal.. Pues es fisura entre el mar y el desierto. Cerrad el salado beso. Pues en la nutricia floración de materias desechas, en la intención del bosque, bajo la grama, bajo el soto del fresno que sólo habrá de moverse durante el Ragnarok., los seres-araña tejen el espejismo en un tapiz que filtra la verdad. Enterrad un hueso y crecerá un niño en posición de loto. Pues el ritmo del acontecer es la celosía que impide al durmiente amado encender el hogar. Cerrad el centro salino. Pues es verdadero ombligo, comunicando al húmedo universo con las presencias justas, con el revés de las interrupciones, con la incontestable potestad de colosos y esfinges. La pirámide es el códice de las montañas. Y las sales son la incierta ruta hacia el fin de las mutaciones. Así, lunáticos y rebeldes, los cuerpos siguen las sibilantes procesiones de las aguas, olvidando la ley de la piedra, el lóbrego designio del astro primero, suma eclipsada de los fatuos intercambios en su compacto exterminio. Aquello llamado antiguamente huevo, no es más que la melancolía de una entidad purificándose. Así el hígado no dispensa más que procrastinación. Así Dios no es riñón. Pues en la copa del amado el vino es inmunda borra. Y la embriaguez es intoxicación. Y el organismo, hipóstasis del huevo, limpia de sangre las vías plenas de horchata, aquella que continúa el errar de la especie. Y es que la existencia es un negativo de la luz, y no es sombra. Y es la inversión de la verdad, sin ser mentira. Cerrad el círculo de sal. Pues la humedad atrae a demonios y moscas. No, el agua no es armonía, es el cenit del sentido sombrío, donde la aurora que despertará al amado no ha sido más que un murmullo en el delirio del beodo, en la risa acuchillada del árido sereno. Cerrad el terreno de la sal. Pues el residuo maldito, la sal del precio, es hermana del cometa y la eternidad constelar. Es su tiempo. Es la columna de la voz, de la invocación, el abrazo entre aleph y beth, la iridiscencia de los cuerpos abandonados en la desnuda llanura. Y la soledad no es más que una oscura compañía. Y la sombra no es sin la tea. Pues sólo la sal es parte del movimiento celeste. Los minerales son la huella del pasar. Cerrad la esfera de sal y paraos dentro de ella. Podréis contemplar la orfandad de esta dimensión: todo lo sagrado y venerable, aquello que fue objeto de disputas y querellas, que fue respeto y virtud, ha sido emasculado con el nacimiento. La sal es la memoria que nos transforma en un puente con el remoto confín. Es el túmulo que corresponde a la figura de la bestia con la del converso. Pues aceptar la ley es desterrarse del destierro. Escribid con sal el templo e Hiram descorrerá los velos del Tabernáculo.

Defensa del Ídolo.

Tú, en los ídolos eres el secreto.

Ibn Arabi.

Coraza de tormentos, de escombros victoriosos, invasión de altura comprobándose en mármoles de espanto, pierna intraterrena, en medio de ese alud pasado, rodeado de fantasmas de fantasmas para poder pensar, de presencias que me agarran desesperadamente, que se agotan, husmeando su loza viva, el pedestal de su absoluto y soberano ídolo, pero en quien todo fuego, toda aptitud terrena se ha perdido; destinado a lo indecible.

Omar Cáceres.

El gato gris que levantóse del brumo es la lóbrega piedra del agua. El ojo de Isis no cierra los ríos abrazados en el limo, y del curso un lato curso mana, lejía, cabello de tigre escapa al verbo, atrazado, pasivo, reducido a un nacimiento. Y el gato gris construye júbilo de niños silenciados en brasa. Y el ídolo sceboso en su salto es una nueva madre, una imagen que vuelve suspensa en la cólera criptónima. Y el ídolo se levanta en roja arena velando el crepúsculo. Y el gato es reliquia que abre la oscuridad en la noche del alma y las puertas de la espléndida ciudad. Pues el gato es el corazón de las tinieblas, el centro del leteo. En él, el misterio trino y el regreso a la fractura. Y sólo el gato desmembrado de la fiera recuerda el golpe a las horas, la inmersión en el rayo invertido, el retorno desde el fuego.

¡Podemos volver donde nunca estuvimos!

¡Pues defender al ídolo centrípeto es rebvelar la muerte!